Siempre he pensado que dar clase es casi tan excitante como subirse a un escenario. En mi caso el público se reduce a 15 o 20 alumnos según el grupo, pero desde mi percepción son más valiosos que una multitud. Cada uno con su historia, con su universo personal envolviéndolos, con la riqueza y la sensibilidad de la gente que se acerca al arte, con la responsabilidad de sentirse en los últimos cursos de una carrera que tendrán que defender y potenciar a lo largo de su vida. Vamos, que en el conservatorio, mis alumnos son lo más importante que tengo y siempre he sentido la necesidad de cuidarlos y ofrecerles todas las posibilidades que estén a mi alcance.
Con lo tres principios fundamentales muy presentes hacia mi trabajo: dignidad, honestidad y responsabilidad, unidos por supuesto al respeto máximo y a la tolerancia, las cosas suelen funcionar siempre bastante bien.
Llevo conmigo habitualmente una frase del genial Woody Allen, en la película “todo lo demás”, que en su papel de profesor universitario, paseando con su amigo falk, comenta: “intento darles algo de cultura para evitar que se maten a cadenazos!”. Evidente y afortunadamente mis alumnos del conservatorio están muy lejos de tales conductas animales pero es cierto que en la sociedad en que vivimos la educación de la sensibilidad artística juega un papel absolutamente indispensable. Y en este sentido creo que mi posición es fundamental. Si consigo llegar a unos cuantos, mi labor quedará recompensada. Para mi lo importante no es la programación o unos contenidos determinados, sino por encima de todo, llegar a ellos. Conseguir esa conexión en la que mis emociones salen de dentro y tropiezan con sus ganas de aprender y de recibir todas esas sensaciones.
Con todas las miradas clavadas en lo que digo (en mi o en la pizarra) y con los oídos bien abiertos sedientos de recibir información, mi responsabilidad llega a tal punto que después de estar diez años impartiendo clase, no puedo evitar ese hormigueo en el estómago cuando me pongo delante de ellos. Y como si de un concierto se tratara, voy intentando a lo largo de hora y media, dirigir y redirigir las energías, los puntos de tensión y de reposo, el clímax, su atención o desatención, para lograr la clase perfecta que todos los días me esfuerzo por llegar a hacer.
Orlando Nández es profesor de Análisis Musical en el Conservatorio Superior de Música "Oscar Esplá" de Alicante

